Diego Tampanelli

Justo detrás del edificio en el que se encuentran el centro de arte TeclaSala y la biblioteca central, está el centro de arte TPK. TPK, de ‘Taller Pubilla Cases’, cuenta Diego Tampanelli, uno de los artistas que residen actualmente en este epicentro artístico de la ciudad que crearon hace ya 45 años Charo Castillo y Agustín Fructuoso, quien, a día de hoy, sigue dirigiendo el espacio expositivo de la entidad.

Este proyecto de arte, muy vinculado desde siempre a la formación de otros artistas, según cuenta Diego, es donde él reside y trabaja desde hace 20 años. A los tres meses de llegar a España desde su Argentina natal ya fue a dar con el TPK. Quizás estaba escrito en los astros, un magnetismo invisible le hizo ir o las musas del arte le condujeron ahí, pero él cuenta una historia mucho más terrenal: “Vine por un chico, mi ex marido y actual director del TPK”. Si dicen eso tan cursi de que el amor mueve montañas, ¿cómo no va a hacer que alguien llegue a su lugar de inspiración?

Cuando vio cómo se encaraba el proyecto artístico y residencial en el TPK ni lo dudó, porque “es lo que tenía en Argentina pero mucho mejor”, reconoce. “Aquí se eliminan las jerarquías, nos acompañamos los unos a los otros”, en una gran familia artística que tanto hace trabajo de oficina como crea el caldo de cultivo en la planta superior, donde se imparten clases y hay talleres particulares, como expone la obra de los artistas. “Es un proyecto para que los artistas vivan de su arte”, resume él.

Cuando nos sentamos a charlar le ofrezco una silla de muy precaria estabilidad. “Ésta la usamos para practicar”, dice sin más, y la cambia por otra. Luego veo que algunos de los muchos caballetes que nos escoltan muestran con orgullo papeles en los que manos para mí invisibles, que otros días han practicado para aprender, han dibujado esa y otras sillas. ¡La silla bailonga parece tan estable en el papel! Y Diego me habla de otros vaivenes: “Miro mucho cómo se mueve la gente cuando trabaja, pongo mucho el foco en la acción. Sólo tiene que ver con la empatía”, remata para desmentir mi pensamiento, como si hubiese podido leer en mi cara la palabra “voyeur”.

Esas personas a las que suele observar son artistas a los que acompaña en su evolución profesional. “Es parte de mi trabajo y a algunos hace más de 15 años que los conozco”, dice. ¿Y cuáles son las otras partes de su trabajo? Sobre todo, la performance, “por culpa de unos franceses”. La frase tiene algo de surrealista, pero se explica: tiempo atrás él se dedicaba al arte plástico, pero le encargaron una performance. A él, que no las hacía. Del enfado inicial pasó al ánimo por tener un reto, y aquella petición de -sí, lo habéis adivinado- unos franceses marcó un antes y un después en su carrera artística: “Me dio vuelta y ya casi todo lo que hago es performático”.

Le sigo a su cubículo, delimitado por unos ladrillos grises, igual que los de los otros 9 artistas residentes, y me fijo en el conjunto que no conjunta de chaqueta y pantalón de algodón azul mahón que le cubre el cuerpo, y las uñas con restos de esmalte negro, y las yemas manchadas de tinta como si viniese de renovarse el documento de identidad. Habla y no le oigo, ensimismada con su imagen de escorzo, pero conecto de nuevo cuando me enseña una cortinilla hecha con boquillas de cigarrillos: es la obra que está haciendo una compañera del TPK, y me parece divertida esa catarsis colectiva que está realizando a base de recopilar boquillas de amigos y desconocidos. 

Diego empezó a estudiar Bellas Artes en Barcelona con 42 años, y no era el mayor de la clase. Le gustó hacerlo, y por lo que dice intuyo que le gustó hacerlo de mayor, no a los 18 años cuando la mayoría cursa una carrera, porque “ahí te dan herramientas para pensar”, y de postadolescente lo que quieres es “que te enseñen a pintar”, opina. Y salir de fiesta cuanto más mejor, añado mentalmente. Es verdad que es una edad que, por lo general, cala cero y se aprovecha poco todo el conocimiento subterráneo que se da en las facultades, por falta de serenidad, experiencia y madurez, entre otras. 

Sobre su obra, Diego la concibe como si abriese el álbum de fotos de su vida y fuésemos pasando las páginas: “Cada pieza es parte de un momento vital mío. El eje poético es la memoria, e investigo sobre el tiempo y la idea de presente. La investigación parte de mi biografía”, cuenta. 

Ahora está con una obra a la que se refiere como ‘Entre perro y lobo’, y con la que indaga en los puntos intermedios que hay entre dos cosas “que son la misma y que están en expansión”. Un poco como L’Hospitalet del Llobregat, una ciudad con muchas caras y creciente, pero en el fondo todo se reduce a lo mismo: la persona que la habita. “Es un lugar de migraciones varias, de España, de Latinoamérica, de Europa… pero eso aún no está en los espacios expositivos”, se queja.

A su parecer, sería “super potente” si L’Hospitalet ensalzase como característica propia, distintiva y orgullosa esa diversidad que es una riqueza. En cuanto al ámbito artístico, se alegra de que no haya un polo muy concentrado, que las iniciativas estén un “poco dispersas” en el mapa de la ciudad, porque eso se lo pone más difícil a los lobbies inmobiliarios para apoderarse de esas zonas y gentrificarlas, cuenta. Que así siga siendo, por el bien del arte y de quienes lo hacen. 

Descubre el trabajo de Diego Tampanelli en: www.diegotampanelli.wordpress.com