Mireia Cifuentes
«Reflexiones sobre el tiempo” es el título del capítulo que está leyendo Mireia Cifuentes Freixas. No sé a qué libro corresponde porque es una fotocopia que yace bajo sus gafas y junto a una taza, estilo bodegón, en una mesa baja a la entrada de su estudio. El texto, casi subrayado por completo, empieza con una afirmación tan rotunda que marea: “El tiempo destruye todo cuanto crea”. Una voz me hace levantar la mirada, veo calaveras de animales, algunas reales, otras en lienzos, y aquella voz radiofónica, aunque se me antoja más bien una voz del averno, va martilleando sus profecías: “Farà una calor desbocada”, “xafogor”, “sol intens”, “nits tòrrides”, “temperatures màximes de…” Con el clic de un botón Mireia la hace callar, y ahora el radiocasette parece dormido bajo su mano, como un perrito grisáceo que echa la siesta.
Igual es cosa mía y del calor, pero tengo la sensación de estar en un sitio donde el tiempo, tal como lo conocemos, ya no importa. Ahí rigen otros parámetros, y el único mantra cíclico es el tren que se oye pasar a lo lejos cada pocos minutos. Nos sentamos rodeadas de cráneos que nos observan en silencio, y Mireia espeta: “¿A qué le tenemos miedo?” Yo pienso: “¿Te hago una lista?”, pero no digo nada, porque me parece que la pregunta es retórica, y ella sigue: “La muerte es transformación. Venimos de un tiempo de mucho miedo a la muerte, por la pandemia, y tengo la necesidad de dar otra visión. Estos cuadros son como la puerta a lo desconocido”.
Su voz suave, pausada y amable contrasta con la dureza de esa serie de pinturas de calaveras que nos acompaña en su estudio y que nos hace pensar en la realidad inesquivable: la muerte carnal. Todo empezó en un pueblo de Guadalajara, cuando de paseo por el campo se topó con un cráneo de oveja. Luego fue encontrando otros de diversos animales y un amigo le regaló el más grande que tiene, uno de vaca. “Paso tanto tiempo como puedo en la naturaleza”, reconoce, pero cuando está en la urbe su vida transcurre entre los barrios de Santa Eulàlia, donde tiene el taller, Sarrià, donde da clase, y Sants, donde vive.
Acostumbrada a trabajar siempre sola, durante décadas, un buen día apareció en el Edifici Freixas y se insertó en la comunidad de la treintena de artistas que habitan esta antigua fábrica. Hay algún industrial que resiste. El herrero ya se fue, queda una empresa de paquetería y alguna otra, dice Mireia. Y en esta condensación del espíritu Brooklyn en medio del barrio de Santa Eulàlia, esta artista está a sus anchas. Lo descubrió hace algo más de dos años, en el cumpleaños de una amiga, cuando una ceramista le dijo que residía en el Edifici Freixas. Le hizo gracia porque es su segundo apellido y un día fue a conocerlo. No estaba buscando un espacio, pero tuvo “un flechazo”, reconoce, y se quedó.
El suelo de su taller está cubierto pulcramente con plásticos y cartones, manchados con vestigios de obras que ya no están. Combina el trabajo en vertical y en horizontal, por eso hay lienzos colgados aún por acabar pero también chorretones de colores en el suelo. La experimentación la lleva a usar a veces pigmentos muy líquidos que se escapan de la tela, así que mejor en el suelo, pero otras necesita tener la obra erguida, de tú a tú, a la altura del rostro. Y dejarla descansar, mirarla en la distancia, mientras come, y llega una intuición. ¿Qué intuición? Ahí se explaya.
No viene cada día pero cuando viene está todo el día. “Mientras como, voy mirando los cuadros, y me vienen intuiciones. Cuando entras en ondas alfa se despierta el lado creativo”, confiesa. Esos momentos de orden y lucidez mucha gente los experimenta en la ducha, o paseando por un parque. En otro ámbito del taller hay unas obras en metacrilato, a medio camino entre lo figurativo y lo abstracto. Se intuyen cuerpos, siluetas, algunas puestas en una caja de luz como si fuesen radiografías en tonos azulados. “Soy muy curiosa, he tocado muchas técnicas. Empecé haciendo figurativo, algo muy académico, y cada vez me he ido más a lo abstracto, a lo matérico. Uso tintas, papeles… creo caos y de ahí saco la figura”, explica.
Las tintas son de fabricación propia, y también usa acrílicos. Me explica cómo crea las tintas a partir de dos componentes, pero me parece una alquimia maravillosa, de kilómetro cero y que soy incapaz de reproducir, ni siquiera con palabras. El óleo le gusta mucho pero ahora mismo no lo practica, y veo un plumier con ceras muy usadas, pero ninguna de las obras a la vista está hecha con ceras. “Ya te he dicho que soy muy curiosa”, me recuerda.
Esa inquietud le da dinamismo, ganas de buscar y probar constantemente y no casarse con ningún formato: hay una escultura en el taller de un mármol redondeado que parecería de otro artista, y sin embargo también es obra suya. En octubre expondrá en una galería del barrio de Gracia, y ya está pensando en qué mostrará. ¡Estén atentas a las agendas!
Descubre el trabajo de Mireia Cifuentes en: www.mireiacifuentes.com